Como animales somos sensibles a la temperatura, al olor o a la vibración, tanto a la que se escucha como a la que se siente. Sabemos dónde está el norte (a veces), qué alimentos nos sientan bien y a buscar cobijo.
La duda surge cuando nos preguntamos por el momento en que empezamos a ser humanos. Para nada es una pregunta nueva, pero supongo que habrá tantas respuestas como personas a lo largo de la historia.
Quizá, para mí, el ser humano surge de lo que no se ve. De un halo, un je ne sais quoi que envuelve a una persona cuando es sensible a otro nivel. A un color, a un entorno… a una mirada.
Cuando es sensible ante la injusticia y se mueve por lealtad. Cuando actúa con honor sin confundirlo con vanidad ni echar balones fuera. Cuando respeta la memoria. Cuando se hace consciente de que estamos de prestao.
Porque hay quien dice que somos muertos de permiso y quizá saberlo sea la llave. Quizá sea la herramienta perfecta para valorar la belleza de una obra o de un momento. Quizá también para reflexionar sobre un contexto, quién estuvo y qué hice yo.